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FORO INSTITUCIONAL 2021

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GUSTAVO AMADO, MI PRIMO
Gustavo Amado era como su apellido, un hombre amado por muchos de quienes lo conocimos. Como su segundo apellido era Pérez, nos gustaba pensar que éramos primos y así nos llegamos a apodar el uno al otro. Decíamos que éramos primos lejanos.
Se me fue mi “primo”, un ser humano singular con quien compartí alegrías y tristezas. Aunque tenía un carácter fuerte eran más sus gestos de compañerismo, dulzura, sencillez y amabilidad con que lo recordamos.
Cuando llegué al colegio Ramón de Zubiría me tendió la mano de muchas formas porque Gustavo era generoso sin miramientos, una generosidad que a veces rayaba en la exuberancia invitando cervezas, tintos y desayunos.
Gustavo, mi primo, nació en un hogar campesino y humilde de Belén en Boyacá. Trabajó la tierra y conoció hasta los más ínfimos secretos de los bosques donde escuchaba el ulular del viento entre los árboles y donde de niño escuchaba en la radio – su único contacto con el mundo exterior por entonces- las radionovelas de Arandú, el príncipe de la selva. Fue tan importante la radio para él, que se graduó de bachiller a través de la Acción Cultural Popular de Radio Sutatenza cursando los últimos años en Medellín a donde llegó después de sortear sin número de dificultades.
Estudió de terco, aún a pesar de su propio padre que hubiera preferido tenerlo a su lado abriendo surcos y cultivando el barbecho. Se fue de la casa paterna una madrugada, casi a escondidas en un caballo que le alistó su mamá, la misma que le tejía cobijas y ruanas para las madrugadas frías como si con ellas trasmitiera en la lejanía el afán de madre la tibieza de sus propios abrazos. A Gustavito, le gustaba tanto el estudio que no dudó en entrar a cursar su licenciatura de Química en la Universidad Pedagógica contando con veinticinco años. “me sentía viejo” me contaba el primo entre copas, algo indecible en quien por la gracia de sus chistes y sus carcajadas risueñas siempre lo veía uno joven.
A Gustavo le fascinaban los viajes. Viajó a Inglaterra a cursar estudios de posgrado y a pararse por gusto propio frente a la tumba de Newton. Viajó a muchos países con su aire aventurero, estuvo en Argentina en pos de los sueños de sus hijas como inclaudicables tenistas, y allí bailó tango bajo una recia lluvia gozándose la vida, tragándose el mundo a bocanadas, cambiando incluso de oficio como cuando visitaba Panamá con ínfulas de comerciante.
Esa curiosidad del niño que se asombra con la ciencia la mantuvo intacta hasta sus últimos años en los que trasmitía pródigo sus conocimientos de química, biología, biotecnología y aún agricultura a sus jóvenes aprendices para quienes su mejor laboratorio era la huerta escolar, en la que Gustavo enseñaba con el sol en su cenit como el mejor maestro con el ejemplo puro. Luego, uno veía crecer las papas, las habas, el maíz y el fríjol como si fuera un prodigio. En la cosecha había banquetes, convites y piquetes. Nunca vi a nadie más feliz haciendo felices a otros alrededor de un fogón. Va a ser difícil cuando volvamos dejar de ver sus orquídeas sin que nos falte el aliento y se desbarate en suspiros.
Gustavo deja una laboriosa esposa y tres hermosas hijas. En este último viaje, en esta tierra, en esta dimensión en la que escéptico como buen científico se formaba sus propias opiniones del mundo, no me queda más que recordar con lágrimas en los ojos una frase que me repetía a menudo: “primo no me haga esto”. No sé que voy a hacer ahora sin las madrugadas en la puerta con un tinto, sin sus regaños sus apuntes o sus atenciones. No sé que hacer sin sus coplas, los proyectos locos que inventamos, su cocido boyacense pero sobre todo con eso que nos hizo tan amigos. El abrazo sincero, la palabra de aliento y su risa que hacía estallar en mil pedazos el mundo.
Gracias por todo primo.
Pastor Pérez.